Richard Cohen publicó hoy una op-ed en el Washington Post, jugando a elegir a una persona del año. Eligió a Gregory Thompson, un paranoico esquizofrénico que mató a una persona en Tennessee en 1985. Desde hacé dos décadas está preso, condenado a muerte. Como no lo pueden matar (por loco) lo tienen permanentemente dopado con psicofármacos. El razonamiento es que si se recupera un poco, lo van a poder ejecutar (por no ser mas loco). Es totalmente sádico.
Después Cohen pasa a la parte mas jugosa del artículo: un ataque a la idea de certeza. Cualquiera que haya leído a Popper y tenga dos dedos de frente sabrá que no existen certezas, no sólo en el ámbito científico sino también en la vida. Siempre hay un importante margen de error. NUNCA podemos estar seguros de que algo pasó. Podemos llegar a un razonable nivel de seguridad, pero nada más. Y condenar a muerte a una persona es algo que requiere de más que un “nivel razonable” de seguridad. Requiere una certeza que jamás tendremos humanamente. Cohen menciona los análisis de ADN que se usan para invalidar testimonios de testigos, pero es evidente que Cohen no vive en Argentina. ¿Alguien piensa que no se pueden coimear investigadores y jueces, cambiar pruebas, etc?
En definitiva, creo que hay demasiada gente que cree que el mundo es demasiado simple. No hay nada irrefutable, ni pruebas infalibles. Si algún defecto tiene el progreso científico acelerado, es la fe ciega que parece haber generado. Este neopositivismo defiende la tecnología como la solución a todos los problemas… y no es así. A mi me encanta la tecnología. Últimamente es uno de los temas sobre los que mas escribo (busqun ‘Linux’ o ‘Windows Vista’ en el buscador de la derecha). Pero como me gusta la tecnología, conozco sus limitaciones. Y nada, pero nada, es infalible. Espero que podamos tirar la muleta a la basura antes de que nos olvidemos de cómo caminar.