Fede escribe un post fenomenal para Vialibre acerca de la industria de la música, comparándola con la industria del hielo para heladeras. Es excelente, salvo por el final:
Durante siglos, hemos delegado la difusión de la cultura a las corporaciones, porque no teníamos más remedio. Hoy podemos elegir, y es hora de que recuperemos la cultura para toda la sociedad.
No. El único momento de la historia en que existió una industria de bienes culturales fue el siglo XX.
Antes de que exisitieran los discos, la única manera de escuchar música era en vivo, muchas veces interpretada por amateurs. Lo mismo sucedía con la actuación: antes de que el cine y la televisión aparecieran como formas narrativas industriales, sólo había teatro (comercial o popular, pero siempre artesanal). Los libros se imprimen desde hace siglos, pero en general los primeros impresores no tenían mucho en común con las editoriales actuales. De hecho, miles de obras valiosísimas se escribieron con propósitos totalmente alejados de la venta del objeto-libro: los libros sagrados de todas las religiones, la totalidad del pensamiento antiguo y medieval (Platón, Aristóteles, Cicerón, Séneca, Tomás de Aquino, entre otros), muchos tratados renacentistas (como El Príncipe, de Maquiavelo), todas las obras de teatro de Shakespeare y todas las historias transmitidas oralmente durante siglos.
O sea: pese a lo que nos dice la industria cultural todo el tiempo, la venta de “cultura envasada” es apenas la punta del iceberg. Durante siglos la humanidad produjo cultura sin intención de venderla como producto masivo. A fines del Siglo XIX se produce un desequilibrio tecnológico importante: gracias a técnicas como la fotografía, el cine, la radio y el fonógrafo pasa a ser mucho más fácil reproducir técnicamente una obra que recrearla de manera artesanal, mediante métodos altamente intensivos en capital (como había pasado unos siglos antes con la imprenta). Recién entonces la cultura se convierte en mercancía: la industria cultural se encarga de elegir y envasar obras para consumo masivo. Por los costos de producción, se limita la diversidad de los productos: hay que buscar mercadería que les sirva a la mayor cantidad posible de consumidores. Alimentar nichos de mercado es un pésimo negocio que no permite recuperar la enorme inversión inicial. El mercado cultural sigue las mismas pautas que otros mercados de la era industrial: el “hit” es la manera de homogeneizar la producción y el consumo.
A fines del siglo XX vuelve a mutar el paradigma tecnológico: ahora resulta extremadamente sencillo producir y reproducir cultura, sean creaciones propias o ajenas. Y ahí es cuando la industria cultural empieza a tambalearse. Decididos a mantener el status quo, primero intentan asmilar los archivos digitales a los medios físicos de distribución. Aparece el DRM, los sistemas anticopia. Fracasan, porque poca gente es tan idiota como para pagar por una copia artificialmente limitada cuando puede obtener de manera gratuita una copia sin restricciones. Intentan convencer al público de que compartir cultura es equivalente a robar, pese a que la copia digital de ninguna manera implica un desapoderamiento (de la misma manera que tocar “Rasguña las piedras” en un picnic junto al río no le hace perder plata a Charly García). Finalmente, fracasados todos los esquemas anteriores, tratan de vivir de la teta del estado, cual parásitos.
En la última década no vi a la industria cultural tratar de adaptar sus modelos de negocios a la realidad, sino todo lo contrario. Un problemón: cada vez que te peleás con la realidad, recordá que esta siempre gana. No hay con qué darle. La única alternativa es adaptarse. ¿Cómo? Ni idea. Vender merchandising. Vender “sinergia”. Pasar la gorra. Mecenazgo. Qué se yo. Pero hay pocas ideas peores que exigirle al Estado convertir en ñoquis a todos la industria de la cultura masiva.
alejandro:
Interesane el post. Comparto la idea de que se trata de un fenómeno relativamente nuevo, porque efectivamente la mercantilización de la cultura no existió realmente hasta el siglo XX. Pero me parece que la industria cultural no desaparece por las nuevas tecnologías que permiten que la reproducción de las obras tenga un costo casi nulo. Las nuevas tecnologías permiten la difusión de ciertas obras culturales con una facilidad increíble, pero únicamente una porción minúscula de la población mundial escapa a los circuitos comerciales en cuanto a su consumo cultural (triste esto de usar la palabra consumo, no?). Controlando las redes de distribución y la publicidad masiva, las grandes corporación logran que la mayor parte de la gente tenga gustos similares. Además, sumado a la producción de bienes culturales para su consumo mercantil, la industria tiene la capacidad de cooptar a quienes producen con otros fines. Aunque banal, ver a Cumbio entre los blogs de clarín es un buen ejemplo de la mercantilización de una expresión auténtica de un grupo social determinado que, luego de tener éxito, es devorada por los grandes medios de comunicación.
Como de costumbre, capusoto lo explica mejor y de paso te hace reír:
http://www.youtube.com/watch?v=MFTVbZHmulY
Lamentablemente, yo creo que a la industria cultural le queda un rato largo. Por suerte la disfruto bastante, que sino…