Stanley Fish, columnista del Times, postula que cualquier decisión que tomen los superdelegados demócratas (burócratas partidarios y funcionarios) será correcta. Esto surge a raíz del clamor obamista para que los superdelegados apoyen al candidato que más votos tenga finalizado el período de primarias.
Si bien la mayoría de los comentaristas en el sitio del NYT pusieron el grito en el cielo acusando a Fish, el tipo tiene razón. Los tan despreciados militantes ponen el laburo para sacar adelante un partido, merecen tener representación propia en una convención partidaria.
Al margen de la cuestión principal, está bueno ver como aún el país que se usa como ejemplo para promover el mecanismo de internas abiertas tiene elementos que dejan buena parte de la decisión final (más o menos un tercio de los delegados) en manos de la militancia.