Hace un rato vi dos pibes en el subte, separados por un par de estaciones.
El primero en Lavalle. El tren arrancaba, saliendo de la estación. El flaquito salta desde el andén, mete, medio cuerpo adentro del vagón, trata de manotear un celular sin éxito, y salta para afuera. Además de chorro, pelotudo: si la víctima le agarraba el brazo, el pibe se comía la pared del andén. Bonito no iba a ser.
El segundo en Retiro. Un chico de alrededor de seis años, aburrido. Jugaba con la “baranda” de la escalera mecánica: se agarraba de la banda de goma para subir arrastrado. Me dio miedo por él, un raro ataque de instinto de preservación. Pero un flaco alto, rubio que iba adelante mío decide que lo mejor que puede hacer por él es empujarlo violentamente al pibe a la superficie (inclinada y peligrosa) entre las dos escaleras.
Contra mi mejor criterio clasemediero, me pareció más barbárico el segundo episodio. A lo mejor porque espero más de alguien que considero un par social que de un pibe con hambre.

