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Cortita sobre voto electrónico

Una taradez, pero vale la pena mencionarlo: esta mañana tuve que probar seis monedas de 10 centavos en la maquina expendora para sacar el boleto de tren (la máquina estaba sin cambio, y el boleto a Retiro vale 1,10). Y cuando la sexta entró, la reconoció como de 5 centavos. Y como no hay comprobante, no hay manera de quejarse (más por el tiempo y la molestia que por los 5 centavos).

Y si esto pasa con algo tan básico como un boleto de tren… ¿Podemos arriesgarnos al mismo tipo de errores para definir elecciones?

Motivos para vivir

No porque esté pensando en dejar de hacerlo (los bajones me duran dos días desde hace unos años), pero a veces viene bien un recordatorio para el futuro  (y, de paso, levanto el blog de su letargo zombie).

  • Porque quedan cosas que aprender
  • Porque quedan cosas por crear
  • Porque quedan causas perdidas para defender.

Idea: Eliminar los requisitos de edad, nacionalidad y residencia para candidaturas a cargos electivos

Las mejores ideas se me ocurren caminando. Como en mi laburo actual camino muchísimo (porque yo soy de los que, cuando se termina el mandato legislativo, leen los clasificados de Clarín para conseguir un trabajo medianamente honesto), era de esperar que se me ocurriera por lo menos una buena idea.

Hace rato que me molestan los límites de edad para acceder a cargos electivos. Al fin y al cabo ¿por qué yo con 23 años no pude ser candidato a concejal, pero un geronte de 90 puede ser candiato a presidente? A priori, la candidatura del nonagenario sería más peligrosa que la mía. También me resultan molestos los requisitos de nacionalidad: lo último que me preocupa de que De Narváez sea candidato a cualquier cargo es su nacionalidad colombiana. Y a partir de que Scioli pudo ser candidato a gobernador bonaerense por haber hecho el cuarto grado en Ramos Mejía o algo así pese a haber estado a punto de largar su campaña porteña, también creo es necesario revisar los requisitos de residencia.

Propongo entonces eliminar los tres requisitos, reemplazándolos por uno solo: el haber votado un número determinado de veces en elecciones en las que se eligiera el cargo al que se aspira. Así, por ejemplo, todo aspirante a diputado nacional por Tucumán debería haber votado dos o tres veces en elecciones legislativas en la provincia de Tucumán… de ser posible, en las dos o tres elecciones inmediatamente anteriores al comicio. De esa manera, garantizamos que antes de ser candidato, una persona debe haber participado en la vida política de su comunidad. De paso, agregamos un incentivo al acto de votar. Haría falta investigar un poco el derecho comparado (me imagino que podría estar reinventando la rueda), pero estoy con poco tiempo para hacerlo ahora. Hace falta pulir el mecanismo (¿cuantas elecciones? ¿deben ser consecutivas? ¿deben ser las inmediatamente anteriores a la candidatura?), pero creo que tiene potencial.

Buscando a Bombita

bombita

Vean esta curiosidad histórica: en el film Estado de Sitio, de Costa Gavras, podemos ver a Bombita Rodríguez como testigo de la represión policial a estudiantes universitarios. En una magnífica alegoría de la guerrilla foquista, la policía trata de aniquilar los parlantes desde los que suena “Comandante Che Guevara” sin el menor éxito: apenas uno se apaga, otro más se enciende. ¿Será esta la inspiración para la síntesis musical-política de Bombita? ¿O será un capricho de Costa Gavras de incorporar al personaje de Bombita? Al fin y al cabo, en el mundo del director griego los uruguayos son chilenos y hablan en francés pero escriben en español, así que no debería sorprender a nadie encontrar a un ícono Montonero en una película sobre los Tupamaros.

Don Michael Corleone, santo patrono de la Nueva Política

Tiene cara de buen pibe, ¿no?

Tiene cara de buen pibe, ¿no?

Hoy por mis manos corrió sangre. Don Stracci, Don Cuneo, Don Tattaglia y Don Barzini, todos asesinados durante el bautismo del sobrino de Michael Corleone. Y recién cuando apagué la Wii me cayó la ficha. Escribí primero este post en Declasemedia sobre la antipolítica, y después vine acá a escribir este sobre la “Nueva Política”, ese grupo de personajes que hace el trabajo sucio de las ideas antipolíticas.

En primer lugar, por “Nueva Política” me estoy refiriendo a la mayor parte de la camada de dirigentes jóvenes que llegaron a conocimiento público en esta última década. Adrián Pérez, Horacio Rodríguez Larreta, Alfonso Prat Gay, Gabriela Michetti, Fernando Iglesias. En el progresismo hay unos cuantos también, pero no voy a dar nombres poque esto termina en batalla campal. ¿Qué tiene en común toda esta gente? Primero y principal, me caen muy mal. ¿Pero por qué? En general, son gente sin militancia política previa, que obtuvieron candidaturas sin jamás haber pisado un comité, unidad básica u otro local partidario. Eso les sirve para presentarse como figuras renovadoras, honestas, limpias, asépticas. Pero cuando asumen sus cargos, invariablemente son peores que sus antecesores, precisamente porque su no-militancia hace que no compartan códigos de la política.

Por eso, hoy mientras terminaba la última misión de El Padrino no pude evitar hacer ese paralelismo: si a los viejopolíticos los podemos comparar con Don Vito Corleone, los nuevos vendrían a ser Michael. Y creo que la comparación no los favorece para nada.

Veamos: Vito es un mafioso viejo que nunca perdió la tonada siciliana. Se dedica al juego, a las putas, el alcohol y controlar sindicatos. Pero es un tipo con códigos: no mata policías, no vende heroína (y se mete en una guerra de bandas por no querer participar en el negocio). Su negocio está manejado por gente que lleva con él toda la vida.

Michael Corleone, en cambio, es universitario, héroe de guerra, limpio y educado. Hasta desitalianizado, al punto de necesitar un intérprete durante su exilio siciliano. Al asumir el control de la familia asegura que va a dedicarse sólo a negocios legítimos. Y acto seguido, mata o aleja a toda la segunda línea de históricos que respondieron a su padre  y manda a asesinar a todos los Dones de las familias rivales. Sí, tiene cara de buen pibe.

Ahora entiendo por qué me caen tan mal los nuevopolíticos carilindos.

Duda

¿Qué fue de la vida de Mario Ishii? ¿A cuántos traidores habrá dado caza?

Aviso

No me había dado cuenta, pero me olvidé de aclarar algo: desde principio de mes abandoné mi cargo de asesor del bloque SI en el HCD de Vicente López. El motivo es puramente económico, no político. Teniendo en cuenta el recambio parlamentario del 10 de diciembre, busqué y conseguí trabajo en el mundo privado. Estos dos años y algo aprendí muchísimo, pero ya estaba agotado de la política full-time. La militancia nunca se abandona, pero creo que no volvería a trabajar en el ámbito legislativo. La experiencia que quería hacer ya está hecha.

Sólo para aclarar desde qué lugar escribo. Nada más.

Ideología, religión, ciencia y cambio climático

La cosa viene así: hace unos días, un fallo judicial inglés reconoció estatus de creencia filosófica al cambio climático provocado por la acción humana. A efectos prácticos, lo que esto significa es que goza de las mismas protecciones que las creencias religiosas, a efectos de objeciones de conciencia, por ejemplo. A nivel personal, celebro que finalmente se esté aceptando que ideología y religión son más o menos lo mismo (esto posiblemente me gane el odio de religiosos y ateos militantes, pero bueh).

A Myles Allen, científico que encabeza el Climate Dynamics group de Oxford, no le parece. La base de su argumento es que no tiene sentido respetar esa creencia porque es genuina o porque es compartida con muchos, sino por el análisis empírico de la evidencia científica:

I don’t ask anyone to believe in human influence on climate because I do, or because thousands of other scientists do. I ask them to look at the evidence

Tiene cierta lógica lo que plantea Allen, pero en última instancia es imposible de practicar. Todos tomamos la vasta mayoría de nuestras posiciones políticas en base a convicciones ideológicas, no por el análisis empírico. Creer que evaluar datos objeticamente y alcanzar conclusiones es algo para todo el mundo es un vicio profesional de las ciencias duras.

Una persona normal tiene varios issues en los que está convencido de su posición. Si para cada uno de esos temas realizaramos una investigación con rigor científico, no tendríamos tiempo para vivir. Y muy pocas personas tienen la capacidad de tomar decisiones en base a datos duros sobre, pongamos, derecho constitucional, políticas de asistencia social, política macroeconómica, régimen penal, urbanismo, política minera y petrolera, régimen tributario, explotación forestal, política agroganadera, política de genero, y además de todo eso, cambio climático. Sencillamente, es imposible.

Todos adoptamos la mayoría de nuestras posiciones porque confiamos en alguien. Yo estoy a favor de un ingreso universal para la niñez porque le creí (y le sigo creyendo) a Rubén Lo Vuolo. Uso casi únicamente Software Libre porque le creo a Richard Stallman. Y así ad infinitum. No tengo tiempo para ponerme a leer las montañas de datos sobre cambio climático, y las argumentaciones a favor y en contra de miles de climatólogos. Si una posición me resulta medianamente convincente, la hago propia y punto.

No es irresponsable, para un lego, confiar en la opinión de un especialista. Si el especialista me dice que me tire al río, dejo de confiar en él y busco otro. Pero tratar de alcanzar todas mis opiniones por mi cuenta es una locura, y casi una garantía de que todas mis conclusiones serán malas (porque, al fin y al cabo, ¿quién me manda a estudiar política minera de la cual no entiendo absolutamente nada?).

Bananeros

Honduras’s deeply fractured political forces signed an agreement Friday that could reinstate the president ousted in a coup four months ago and end a crisis whose impact has spread far beyond the poor banana-growing country, igniting partisan battles in Washington and threatening to polarize the hemisphere.

Que feo que el Washington Post te diga país bananero tan impunemente.

La reforma política va para atrás

Todavía no pude leer el proyecto, pero si Clarín no miente, tengo serios reparos sobre el proyecto oficialista de reforma política. Cualquiera con un par de campañas encima se da cuenta de que con esto no solucionamos nada. A saber:

  1. Las “Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias”. Puede andar en un sistema de partidos como el estadounidense, pero me parece antinatural en el nuestro, más parecido al europeo. Un partido político es algo parecido a un club: si yo milito y aporto para que un partido exista, también tengo que tener más poder de decisión que cualquier hijo de vecino, ¿no? Ojo que no llamo a limitar la participación, sino que cualquiera que quiera participar debería afiliarse primero.
  2. Reconocimiento de partidos políticos. Aunque a veces me gustaría que los límites fueran más estrictos (porque estoy harto de ver al progresismo atomizado en una infinidad de PyMEs), es demasiado exigente pedir casi 30.000 afiliados para un partido. Sobre todo porque no trae ningún beneficio estar afiliado: tanto independientes como afiliados pueden votar en cualquier interna. Y los avales que se exigen para presentar candidaturas a cargos electivos pueden venir de cualquier persona, no sólo de afiliados. En esas condiciones, cualquiera que se afilie a un partido y no tenga ambiciones propias es un idiota.
  3. Limitar las listas espejo y las candidaturas múltiples. Sobre las primeras no tengo problema: pueden existir o no, pero no me preocupan (por las dudas, en EEUU existe la posibilidad de presentarse por más de un ticket, por lo menos en varios Estados). Las candidaturas múltiples me parecen una herramienta válida para los partidos minoritarios. ¿Quién quiere ser candidato a presidente o gobernador de un partido sin chances? Los votantes no son idiotas, y pueden elegir votar al candidato para un solo cargo, ambos o ninguno.
  4. Campañas cortas. 20 días para las primarias y 25 para las generales es muy poco tiempo para comunicar una plataforma política. No vivimos en Dinamarca, un país chico y homogéneo. Pensemos que para las primarias no habrá tiempo para dedicarle un día a cada provincia (y teniendo en cuenta el peso electoral de distintas regiones, lo más probable es que las provincias chicas no reciban nunca más la visita de un candidato a presidente). 60 días sería más lógico. De nuevo, en EEUU, país que inspira este sistema de primarias, la campaña es larguísima. La última duró casi dos años. Tiene cierta lógica, teniendo en cuenta que las primarias allá sirven para que los candidatos recorran el territorio del país (para las generales, el sistema electoral lleva a centralizar los recursos en los “swing states” que definen la elección).
  5. Encuestas. Prohibirlas 15 días antes de la elección es una idiotez estratosférica. O sea, de los 25 días de campaña, sólo durante 10 podrán difundirse encuestas. Legalemente hablando, claro está: como hoy “cualquier pelotudo tiene  un bloc”, nada impide que se difundan encuestas de dudosa procedencia via una infinidad de medios alternativos. Legalización del consumo personal de encuestas de opinión YA!
  6. Límites al gasto. Sabemos que no se va a respetar. Aunque la prohibición de spots audiovisuales pagos es positiva, nada impide que se siga gastando plata en afiches, mitines, y sobornos a periodistas. Esto útlimo es lo más peligroso: si alguien ve un spot, sabe que quieren influenciarlo, pero ante “información periodística” las defensas tienden a bajarse. Ni siquiera hace falta que la información sea tendenciosa: con que un medio de comunicación cubra más actos de campaña de un mismo candidato “imparcialmente”, el efecto es el mismo que el de un spot. Y posiblemente más barato.
  7. Financiamiento de campañas. Preferiría un blanqueo a una prohibición de aportes. Los aportes se pueden seguir haciendo por debajo de la mesa o vía testaferros. Al fin y al cabo, las operaciones de campaña sucia necesitan plata sucia no declarada. Habiendo prohibido la propaganda televisiva, no es dificil hacer un camapañón y declarar dos mangos.

En fin: Sólo rescato parcialmente la prohibición de avisos en televisión y los límites al reconocimiento de partidos. Nada de esto va a recuperar la legitimidad de la política en este país, si es que alguna vez existió (como alguna vez escribió Moisés Fontela: “Nadie jamás dijo que algo debe ser verdad ‘porque lo dice un político’”).

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